La conocida y trillada dialéctica del Amo y el Esclavo de Hegel. Creo que es un pasaje que siempre tiene algo para decirnos. Que interpela algún aspecto de lo real. No es que sea de las partes más oscuras y crípticas de la Fenomenología del Espíritu pero tiene pasajes complicados. Me interesa empezar directamente por el final. ¿Quién vence en esta batalla que se libra a muerte entre Señor y Siervo (según algunas traducciones)? No es muy claro, pero me inclinaría a pensar que el Esclavo, si bien no vence, conserva cierta dignidad. Es decir, la relación de dominación no se disuelve, pero el siervo (lo podemos llamar de las dos maneras, la traducción difiere según la edición) termina con alguna ganancia, levanta la cabeza, podemos decir. Al trabajar la cosa, el material de producción (mediación entre las dos partes) el esclavo siente que su trabajo (tanto físico como intelectual) le hace recobrar (auto) conciencia. Esa reflexión que finalmente hace sobre sí mismo (vía el trabajo) le hace re-conocer su posición en la relación pero ya no de mera subordinación; esta toma de conciencia le hace recobrar la dignidad perdida al comienzo, cuando, enfrentado al Amo (quien detenta la propiedad), siente "temor", temor ante su vida: si no trabaja para el Amo, su vida (orgánica, es decir, corporal) desaparece. La relación, entonces, además de poder, es "natural" en el sentido de supervivencia. Si el esclavo no trabaja para el amo, perece. Pero esto es lo que el amo le hace re-conocer al esclavo: que su relación de poder es necesaria. Que el ser-para-sí del esclavo es un ser-para-otro, una dependencia. Lo mismo para el amo (dado que estamos ante una relación de transición entre dos términos). Pero el ser-para-otro del amo implica una dependencia distinta: el amo, si bien no puede prescindir del esclavo, no teme ante la muerte. No hay posibilidad de arriesgar su vida. Detenta el poder. Es el término de la dominación. Impone la relación y la dependencia. A lo sumo, lo que arriesga es su prestigio y su situación de privilegio. Pero todos estos componentes (dominación sobre un otro, dependencia, ausencia de temor), en tanto están en la conciencia del Amo, se imponen en la conciencia del esclavo en la forma de esclavitud. La relación, es, ante todo, metafísica (dialéctica entre tres términos Amo-Cosa-Esclavo), es decir, es una relación entre partes que se disuelven en la contradicción de un todo, pero es también una relación económica: los medios de producción y la reproducción de la vida están en disputa. Y como toda relación económica, se basa en una guerra; la muerte está al acecho. Dos autoconciencias disputan su vida. Si bien el esclavo, elaborando la cosa, y cobrando conciencia de su situación, levanta su cabeza, la relación, en definitiva se disuelve en la desdicha. La victoria requiere otro escenario en el que ya esté involucrada la Historia.
"La vida del espíritu no es la vida que retrocede con miedo ante la muerte y se preserva pura de la devastación, sino la vida que soporta la muerte y que se mantiene en ella. El espíritu no consigue su verdad sino encontrándose él mismo en el absoluto desgarro." G.W.F. Hegel
domingo, 29 de marzo de 2020
Existencia y Revolución
Nos enfrentamos a un problema fundamental para cualquiera que pretenda llevar adelante una transformación social planificada que tenga un horizonte emancipatorio, es decir para cualquiera que pretenda hacer la revolución. El problema es el siguiente. El sistema capitalista, productor de mercancías por antonomasia, produce personas-mercancías y también pensamientos-mercancías. Esta mercancía es construida de forma tal que reproduzca el sistema una y otra vez. ¿Cómo puede ser posible en semejante panorama gestar un pensamiento revolucionario y una praxis revolucionaria, cómo los mismos sujetos que devienen engranaje del sistema por el sistema mismo pueden llegar a ser sujetos que destruyan el sistema y lo superen, es decir, sujetos revolucionarios?
Analizar las condiciones objetivas puede ser un comienzo. Sin embargo la actualidad y la historia nos muestran que hemos sido derrotados por el sistema. Somos, sin duda, una generación proveniente del fracaso de la anterior, nuestras lecciones son las de los desaparecidos, el exilio, el neoliberalismo y la derrota. En el presente actual encontramos resistencias, pero no vanguardias. Éstas están atomizadas, dispersas entre los terrenos. El capital se ha globalizado y las luchas se han dispersado. La realidad objetiva, el análisis economicista, nos conducen inexorablemente a una verdad: el capitalismo no caerá por sí mismo. Las fuerzas de la historia no conducen al triunfo de las clases oprimidas.
La transformación que buscamos no puede ser concebida en el largo proceso de las mediaciones, estas no conducen al cambio de rumbo. No podemos partir de deducciones históricas porque estas son un camino cerrado. La Historia ha finalizado.
Pero vislumbrar el límite es vislumbrar además lo que está más allá del límite. Si la realidad es el límite, entonces debemos ir más allá de lo real. Si lo que sucede es lo que nos condena entonces rechazamos nuestra condena y elegimos aquellos que nos han negado. Cuando todo esté dicho es el sujeto el que emerge como nueva fuerza creadora. A las condiciones objetivas oponemos la voluntad del sujeto. Cuando todas las puertas se hayan cerrado será nuestra voluntad la que como una maza abra brechas en los muros para alcanzar el horizonte negado.
Pero nuestra voluntad no es un toro embravecido que se estampa contra el primer paño rojo que agitan frente sí….Es la elección que niega nuestro presente y por lo tanto a nosotros mismo como sujetos mercancías resultados de la matriz capitalista. Es una violencia que se ejerce, primero sobre nosotros mismos, segundo sobre el sistema. Seremos como el monstruo de Frankesntein que se rebela contra su creador.
En la mitología cristiana Adán y Eva son expulsados del edén por cometer pecado, por transgredir los límites impuestos por Dios. Para el sujeto revolucionario antes del advenimiento de la revolución, el pecado será deshacerse de su condición de mercancía, transgredir los límites del capital. Pero no para ser expulsados del Edén sino para arrasar con el Edén mismo. Negarse uno mismo es abrir la posibilidad de la diferencia, del acontecimiento. La única fisura que queda es nuestra libertad de no-ser.
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